REFLEXIONES SOBRE EL JARDÍN I

"De la jardinería grande"



Si rastreamos en el tiempo, si vamos hasta el origen, debería llamarnos poderosamente la atención, que el mito más antiguo de nuestra cultura, el único momento en que el hombre es absolutamente feliz, porque aún no han aparecido el dolor y la responsabilidad, cuando todavía no debe “ganar el pan con el sudor de la frente”, habita en el “Paraíso”, en el “Jardín del Edén”. Y si pensamos que el término “Paraíso” lo toma la Biblia del nombre de los antiguos jardines persas, nos encontramos con que, desde siempre, cuando queremos simbolizar un sueño inalcanzable, nos referimos a un jardín, no a un palacio o a una escultura.

¿Qué hace excepcional a la jardinería entre las demás artes? Que es sencilla, está viva, posee la grandeza de trabajar con la naturaleza, de dominarla respetándola, nos la hace cercana y amable, nos la da para nuestra felicidad.

Estamos hablando por supuesto de la jardinería grande, de la meta hacia la que tendemos cuando creamos un jardín los profesionales, sin olvidar que muchas veces este intento es fallido. Conseguir un rincón perfecto en medio de un jardín formalmente correcto, ya es satisfactorio, y si además el jardín en su conjunto tiene “atmósfera”, nos encontramos con el arte.

El ensimismamiento y el arrobo, la emoción y el placer, la paz o la inquietud, que nos comunican la danza o la pintura, la música y la literatura, todas esas emociones que sólo el arte puede transmitir, podemos encontrarlas al entrar en un jardín.

Personalizando estas sensaciones, de entre todas las que experimento, o he experimentado dentro de un jardín, quizás la que más me agrada es la de “estar a salvo”. Los que vivimos en grandes ciudades nos sentimos con frecuencia agredidos por el entorno, el ruido, el tráfico, el gentío, las responsabilidades… Todo queda atrás cuando te sientas en medio de un jardín. Permaneces aislado, en silencio y acunado por los sonidos propios de esa naturaleza inventada, el roce de las hojas, el murmullo del agua y el canto de los pájaros. Y, qué decir de los olores, la tierra húmeda, la hierba recién segada, los jazmines o las agujas de pino. Todos los sentidos inundándose poco a poco de sensaciones placenteras, y una vez recuperada la calma, la paz, caminar hacia la casa, despacio, escuchando el crujido, suave de la grava bajo nuestros pies.

Todos los estilos jardineros que en la historia han sido, han buscado, por diferentes caminos, estas sensaciones.

Los recónditos jardines hispano-árabes, con su orden discreto, conformado con materiales sencillos como el ladrillo, dejando todo el protagonismo al agua y las plantas. Sus herederos, los patios andaluces, oasis de verdor en que refugiarse de la canícula. Los estrictos patios medievales de la España cristiana, un ordenado rincón verde en medio de la imponente arquitectura de los monasterios. Los grandes jardines barrocos franceses y centroeuropeos, que buscan en el orden y la simetría engrandecer aún más la magnificencia de los palacios que los albergan, y que consiguen hacerte olvidar que el mundo es otra cosa. Los maravillosos y abigarrados jardines renacentistas italianos, que transforman el paisaje agrícola en una suerte de sueño lleno de juegos y sorpresas, con sus grutas, estanques y grupos escultóricos cargados de simbología. El paisajismo inglés, que se inventa una naturaleza idílica, en la que nada nos resulta extraño, consiguiendo hacernos creer que el campo siempre ha sido así, que esa naturaleza nunca es hostil. Y en el otro extremo del mundo, el paisajismo chino y japonés, que al inventarse la naturaleza, la minimizan, haciéndola aún más amable. Y como no, el jardín Zen, con su ausencia casi total de vegetación, donde a través del movimiento de la arena, o las composiciones de rocas, consiguen llevarnos a estados de introspección inimaginables.

De todas estas fuentes, bebemos los paisajistas actuales, cada uno interpreta a su manera todas estas tradiciones, y el resultado final es el jardín de autor.

Cuando construyan un jardín, o lo encarguen a un profesional, nunca olviden que en el siglo veintiuno, deben hacerse jardines contemporáneos. Lo que no responda a esta premisa, será siempre un error, un pastiche carente de sentido. Copiar la jardinería del pasado no es un arte, puede ser cuando más un ejercicio de artesanía.


Jaime Juanes.
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